1
Un año desde la desaparición forzada y posterior ejecución extrajudicial de Nehemías, Saúl, Josué y Stiven, uno de los episodios más crueles y dolorosos que ha vivido Guayaquil y el país, un crimen de Estado y un hecho que marcó un antes y un después.
Por eso, estamos aquí porque sus familias no han tenido un solo día de descanso. Y porque este crimen no puede normalizarse ni diluirse en el clima de violencias que atravesamos.
Desde el centro especializado de atención del CEPAM Guayaquil hemos acompañado terapéuticamente a las familias durante este año. Lo que hemos visto no es solo duelo: es un trauma social y político.
  • Las madres y familias viven con miedo permanente, con la sensación de que el Estado que debía protegerlas se convirtió en una amenaza para sus hijos.
  • La pérdida de sus niños ha fracturado sus proyectos de vida, ha afectado su salud física y mental, su estabilidad económica y su confianza en las instituciones.
  • El impacto en las hermanas, hermanos y adolescentes del entorno es profundo, porque entienden que su vida puede ser descartada sin explicación y sin justicia.
Las familias de los 4 niños de las Malvinas han sido revictimizadas con ataques racistas, llenos de estigmatización, criminalización temprana, de sospecha sobre su dignidad y lo peor, desprotección por parte del Estado.
La ejecución extrajudicial de Nehemías, Stiven, Saúl y Josué expuso la fragilidad extrema en la que viven miles de niñas, niños y adolescentes en Ecuador. Este caso reveló que:
  • La vida de la juventud racializada, empobrecida y periférica es tratada como desechable.
  • La violencia estatal se suma a la violencia criminal, transformando barrios enteros en territorios donde no existe la garantía de derechos.
  • El discurso de “mano dura” ha legitimado prácticas que ponen en riesgo a quienes más necesitan protección, especialmente a niñeces y adolescencias.
Seguiremos acompañando, denunciando y articulando acciones para que este crimen no quede en la impunidad y para que nunca más en Ecuador una madre tenga que enterrar a un hijo asesinado por quienes debían protegerlo.
1
Por eso es necesaria una mirada de justicia feminista, que reconozca que en este caso, las violencias no se distribuyen de manera neutral, recaen con más fuerza sobre mujeres cuidadoras y sobre familias empobrecidas, racializadas y abandonadas por un Estado que históricamente ha ignorado sus vidas y sus barrios.
Desde el CEPAM Guayaquil, reafirmamos que acompañar a las familias es también exigir justicia, verdad y reparación integral. Ninguna política de seguridad puede justificarse si tolera ejecuciones extrajudiciales de niños. Ninguna democracia puede sostenerse si normaliza que ciertas infancias valen menos.
Hoy, a un año, decimos con fuerza, sus vidas importaban, sus sueños importaban, sus familias importan.
– Lita Martínez Alvarado 
Directora Ejecutiva del CEPAM-G
2025